martes, 30 de diciembre de 2014

nochevieja, año nuevo

Ya conocéis a Antonio Llarena. Antonio forma parte de When Nalda became Punk.
También ha colaborado alguna que otra vez en el marino. La última ocasión en el especial de Parade que realizamos hace poquito.

Antonio también es escritor. Recientemente ha publicado un relato maravilloso en la editorial viguesa Elvira. La página web de Editorial Elvira es esta. En ella podéis ver información y comprar el libro de varios autores Relatos na rúa, donde se encuentra el escrito de Antonio, Siete minutos.

Antonio ha escrito este relato con el que queremos celebrar la Nochevieja en el marino.
También le quiero dar las gracias desde aquí por pensar en este blog (de todos) para publicarlo. Muchísimas gracias desde la orilla.

NOCHEVIEJA, AÑO NUEVO

“And you say: when love is gone, where does it go? And where do we go?” Afterlife, Arcade Fire.

Pesadas gotas de lluvia resonaban al golpear el parabrisas, pero Emily y Ana ni lo notaban mientras se reían a carcajadas en un ebrio brindis por el Año Nuevo. Hacía poco más de una hora que Emily se encontraba en el trabajo, en su cabina de peaje de autopista, pensando en cómo cosas que parecían ser tremendamente correctas hacía sólo tres años, enamorarse, venir a vivir con él al norte de España o perseguir el sueño de vivir en la Europa continental, podían haber acabado tan rematadamente mal. Había sido tan ingenua como para dejarse engañar y asumir que eran perfectos el uno para el otro, casi almas gemelas, hasta que descubrió que él la engañaba y, desde entonces, toda su vida se desmoronaba.

Trabajar en una cabina de peaje de autopista en Nochevieja te hace sentir tan solitario y aislado como te puedes imaginar. Emily miraba el reloj continuamente y se preguntaba cómo era posible que las manecillas se movieran tan despacio. Al fin un coche apareció en la oscuridad y decidió pasar por su cabina, en lugar de elegir una de esos odiosos carriles automáticos que habían conseguido acabar con el puesto de trabajo de varios de sus compañeros. Era Ana, su mejor amiga. Le dijo que iba a una fiesta y le insistió para que se pasara al acabar su turno. Emily se inventó alguna excusa como que no estaba de humor, que estaba cansada, o algo similar, pero Ana la conocía lo suficientemente bien para darse cuenta de que algo iba mal y que había algún otro motivo que no le estaba contando. Después de una larga discusión, de preguntas incisivas y respuestas vagas, Ana la convenció para que saliera de la cabina de una vez por todas y se montara en el coche con ella. Emily resopló con una media sonrisa, sabía que la despedirían por abandonar su puesto de trabajo de ese modo, pero lo cierto era que ya no le importaba, tampoco le quedaba tanto tiempo allí. Además, si alguien quería pasar por el peaje, aún tendrían las vías automáticas a su disposición, ¿no era eso lo que en realidad quería la concesionaria de la autopista?

La playa no estaba demasiado lejos, así que condujeron hasta allí. Se quedaron dentro del coche, mirando como las olas rompían contra la orilla, mientras daban buena cuenta de las botellas que Ana llevaba para la fiesta. Emily le contó lo que le había pasado con su (ya) exnovio, le habló de su idea de volver a casa y también le contó que se sentía tan angustiada que casi no lo podía soportar. Ana trataba de animarla, aunque sabía que no iba a ser nada fácil, que lo mejor era no hablar demasiado y simplemente escuchar a su amiga. A Ana se le daba bien escuchar, era una de las cosas que más le gustaba a Emily de ella.

Ana se dio cuenta de que se acercaban las doce de la noche y encendió la radio. A Emily le encantaba la tradición española de tomar las uvas con las campanadas, pero no tenían uvas en el coche. Ana, que tenía soluciones para casi todo, rebuscó en el fondo de su bolso hasta que sacó una bolsa llena de gominolas en forma de mora. Estaba enganchada a esas gominolas desde que dejó de fumar y siempre llevaba unas cuantas en el bolso. A Emily le pareció algo ridículo usarlas para las campanadas, pero dado que no tenían otra alternativa, tuvo que conformarse. Se tomaron las doce uvas/gominolas/moras y rieron y gritaron, se abrazaron y se besaron, para celebrar la llegada del Año Nuevo.

Todavía con lágrimas en los ojos y dolores en la barriga de tanto reír, Ana le dijo a Emily que debían darse un baño para empezar el año con nuevas esperanzas, para que el agua se llevase de golpe todos los malos pensamientos y las malas sensaciones. Emily le respondió que fuera helaba y llovía a cántaros, que estaba loca, o al menos muy borracha, pero la verdad es que le había dicho eso a Ana tantas veces que dudaba de que fuera a tener algún efecto. Cuando a Ana se le metía algo en la cabeza, era casi imposible que cambiara de opinión. Ana optó por no discutir más y empezó a desvestirse, hasta que se quedó en ropa interior, mirando a Emily fijamente. Finalmente ésta se rindió y empezó a desvestirse también, mascullando palabras en inglés que su amiga no llegaba a entender.


Salieron del coche y echaron a correr hacia el mar. Llovía con tanta fuerza que estaban completamente empapadas incluso antes de chocar contra las olas. El agua estaba tan fría como cabía esperar, parecía que les estaban pinchando con millones de finas agujas, sin embargo estaban disfrutando tanto que no les importaba. De pronto una ola enorme les embistió de lleno. Emily perdió el equilibrio y fue arrastrada violentamente hacia la orilla. Se sentía como si estuviese dentro de una enorme lavadora, girando sin control dentro de una inacabable espiral de agua y espuma. Pero toda esa angustiosa sensación provocó un cambio drástico en su mente. De repente empezó a verlo claro: no quería irse a Inglaterra, no quería tener que echar de menos a Ana, no quería tener que echar de menos a todos los amigos que tenía allí, no quería echar de menos la vida que sabía que aún tenía allí. Hasta ese momento había asumido que tenía que volver a casa para evitar encontrarse con su exnovio, que ya no tenía nada que hacer en España, pero se dio cuenta de que ella no tenía nada de lo que avergonzarse. No había sido ella la que se había tirado a la vecina. No tenía por qué huir. Comprendió que si un día decidiese irse debería ser decisión suya, porque eso fuera lo que de verdad quería, y no por las acciones de otra persona. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto así de claro antes?

Corrieron de vuelta al coche, heladas, tiritando sin parar. Ana cogió una manta que llevaba en el maletero y se acurrucaron en el asiento trasero tratando de entrar en calor. Cuando lo consiguieron se quedaron dormidas por el cansancio, la alegría y el alcohol. Emily se despertó con los primeros rayos del amanecer. Se sorprendió al ver que las nubes se habían ido, que el inmenso cielo oscuro pasaba a un tono rojizo y anaranjado, y de ahí a un precioso azul en cuestión de minutos. Se quedó así, en silencio y relajada, en paz consigo misma por primera vez desde hacía demasiado tiempo, mirando como un pequeño barco pesquero surcaba el horizonte, hasta que Ana se despertó también. Ana sonrió al tratar de desperezarse y le dijo que era hora de irse, pero Emily sabía que no era así.

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