viernes, 19 de diciembre de 2014

la bien querida, ojalá estuvieras muerto (2015)

Aquí hemos venido hablar de las cosas que nos hacen sentir bien, ¿no? De las que nos reconfortan, pero también de esas otras que nos hacen sentir mal.

Nunca he sufrido mal de amores. Nunca me han dejado. Sí, en algún momento, hace años, me hubiera gustado estar con alguien que no me correspondía, pero eso es algo que nos ha pasado a todos. No entra en esa categoría.

La gente/el mundo me ha puteado en muchas (muchísimas) ocasiones. He sentido ganas de matar. Pero creo que tampoco estamos hablando de eso.
De lo que estamos hablando es del dolor más fuerte. Del de desear el daño más grande inimaginable. El que ya no tiene marcha atrás. Y poder comprobarlo con nuestros propios ojos como única forma de liberación y descanso.


Creo que sin empatía no somos nada. A la que te desprendes de ella, estás perdido. Ya no hay vuelta atrás. Sin ella pierdes todo rasgo de humanidad posible. Eso es lo que nos une a los demás, a sus alegrías y sobretodo sus sufrimientos.
El ser consciente de que aunque no hayamos vivido determinadas situaciones, te tocan por dentro. Te desarman. Que estamos vivos. Que hay algo que nos une a los demás.
Ese debe ser el único consuelo posible.

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