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miércoles, 24 de agosto de 2016

especial albert pla: discografía, pt. 2 y final

Veintegenarios en Alburquerque (1997) Finalmente, el consejo de expertos de Ariola se reunió en sesión extraordinaria (o así lo imagino yo) y decidió que sí podía salir a la calle el "transgresor" Veintegenarios. Pero para entonces Albert Pla ya tenía esas canciones más que superadas y asumido ese papel de artista chistoso que, en una vuelta de tuerca incomprensible, le hace decidir grabarlo como un falso directo en la ciudad de Alburquerque con un público pregrabado que solo hace ensuciar las canciones. Además, las letras son más obvias y menos acertadas (la historia de Marcelino, el niño cagado, es muy de brocha gorda, La dejo o no la dejo -la canción de la polémica- es más efectista que sorprendente, El camión de la basura parece buscar esconder con eso del "después de corrernos" una letra de lo más cursi, Mañana lo dejo da hasta vergüenza con esos dobles sentidos dignos de las peores chirigotas o Qué más da si da o no da se coloca al nivel del Fallo positivo de Mecano) y las colaboraciones (aparte de situarle en un nuevo plano que anda muy lejos de aquel con el que surgió a finales de los ochenta) embarran aún más unas canciones que ya han sufrido demasiado con eso del falso directo. Al final, casi que me quedo con dos, un rescate como ese Veintegenarios que ya brillaba en Aquí s'acaba el que es donava, y la melodía del Gallo Montenegro, que parecen de lo salvable de un disco más que fallido.

Igual tenía razón el sello al intentar impedir su publicación, pero no por las razones que esgrimieron.

Anem al llit? (2002) Cinco años después de Veintegenarios, Albert Pla vuelve con un disco de nanas, con 8 de los 10 cortes interpretados en catalán, y con un espíritu mucho más cercano a sus dos primeros discos que al personaje que se creó a partir de la versión de Walk on the wild side y los chistes de Jaimito de su cd anterior. Y el resultado no puede ser más positivo en lo artístico. Se acaba el humor chusco y aparece de nuevo el intérprete introspectivo que susurra sus historias a un público al que obliga a disfrutar de la música por encima de la gracieta.

Aquí se vuelve a disponer una instrumentación de mínimos recursos y máxima elegancia, que acompaña a Pla sin ahogarlo y reforzando lo delicado de su personaje. Y las melodías son todas preciosas. Hasta la versión de Qualsevol nit pot sortir el sol cobra entre el resto de nanas una fragilidad especial.

Anem al llit? es teóricamente un disco para niños y así se presenta, pero aunque más contenido, sigue teniendo esa doble lectura que tiene el mejor Pla y esa irónica puesta en escena. El problema es que su disco inmediatamente anterior junto al personaje creado en conciertos y su aparición en Airbag, el exitoso film de Bajo Ulloa, abrió unas puertas que no andaban muy interesadas en la cara menos extrovertida del artista, y no terminó de asimilar esta vuelta a los orígenes.

Cançons d'amor i droga (2003) El año escaso transcurrido entre Anem al llit? y este homenaje a Pepe Sales no debió ser casual. El formato de nanas no parecía muy exportable y el músico es consciente de que tiene que vender otra cosa en directo para seguir siendo el mismo. Y nada mejor que recuperar el repertorio inédito de este poeta y músico maldito, de forma análoga a como antes ocurrió con Josep María Fonollosa, para organizar su nueva propuesta escénica. Y, ¿para asegurarse repercusión?, se apoya sobre el escenario de la dj Judit Farres, que aparece sobre las tablas completamente desnuda (solo ella, él no). Y ahí nace, primero como obra teatral, Cançons d'amor i droga, el catálogo más heterogéneo de la discografía de Pla, que va de lo experimental al ruidismo de toques industriales, de Gainsbourg a Reed o del rock cazurro a lo introspectivo con una facilidad pasmosa, igual influenciada por las diversas colaboraciones de artistas afines.

Y, aunque el repertorio original de Pepe Sales fuera en catalán, en el doble cd aparecen hasta doce temas traducidos al castellano (curioso como Meritxel del cd1 se convierte, en castellano, en Adelaida), tal vez para no cerrar fronteras, en un disco que funcionaba mejor sobre las tablas que en el salón de casa. Sin duda alguna, nos quedamos con la cara que mostró en Anem al llit? que con la de estas canciones de amor y droga, que deja un trabajo curioso y con alguna que otra sorpresa (Meritxel y su épica a base de cuerdas funciona, la cara suave de Vallclara nos deja al Pla de siempre, en Lefa'm parece Gainsbourg cantádole a BB y Viva Espanya transita por los mismos derroteros que los extremoduro de un Robe aquí presente), pero que no termina de ser lo que esperamos del artista.

La diferencia (2008) 5 años después de Cançons d'amor i droga y con un disco en directo mediante (vida y milagros, 2006), aparece la diferencia y, con él, de nuevo el Pla más prescindible. De nuevo el chascarrillo le gana a la metáfora inteligente y lo obvio a lo sugerente.

Aquí recurre a lugares ya visitados como la rumba en La diferencia o Fantasma, o pruebas nuevos sonidos como los aires fronterizos de La colilla, pero con historias intrascendentes y llenas de tópicos tan burdos como un gotelé. Todo, desde la letra de Hongos o el relato vergonzoso de La colilla hasta la fiesta chusquera que cierra el disco con Juerga Catalana o la chorrada del Corazón perdido, denota una búsqueda del éxito por la vía fácil, que no exige sino que se acomoda. Albert Pla ha asumido, de una vez por todas, que es un autor humorístico y ya no se resiste a ello. Pero el problema no es ese, sino que entre Faemino y Cansado y Los Morancos él se ha decantado por los últimos.

Y creo que sin esas letras tan flojas igual se hubiese salvado el disco, porque las canciones, más festivas e inmediatas, en realidad funcionan, pero es difícil, muy difícil, abstraerse. Yo, si me apuran, solo lo consigo con Ciego, el pseudo-homenaje a Manu Chao de Soñando y poco más. Y eso si me apuran.

Somiatruites (2011) Y tras el desastre, la resurrección. Albert Pla recupera el concepto de Anem al llit? y se hace acompañar de Pascal Comelade (que ya participó en La diferencia) para hacer posible este Somiatruites, que fue su espectáculo en directo de 2011 y este doble cd que le devuelve a la primera línea del frente. Bajo el concepto de los sueños, o de aquello en lo que se piensa antes de dormir, Pla pone letra a la música del genial Comelade, que combina a la perfección con la imagen más frágil del catalán, y graban un disco separado en dos partes, una primera en catalán y otra en castellano, donde la delicadeza vuelve a hacerse protagonista tras el fallido cd anterior y sublima lo que ya era más que interesante en su disco de 2002. Canciones entre la nana y lo arrabalero, que tienen el sello indiscutible de Pascal Comelade y la personalidad del Pla que prefiere evocar o insinuar a mostrar abiertamente, que es irónico, frágil y brillante. Dos genios que parecen uno solo de lo compenetrados que se muestran en este proyecto, no exento de momentos menos brillantes (casi todos en el cd en castellano -Adios terrícolas, Somiatruites-), pero con mayoría de aciertos (Ple, Insomni o Todo es mentira a la cabeza).

Y lo que no se entiende al escuchar el disco es cómo estas dos figuras no se han cruzado antes en sus vidas. Pero ambos lo cuentan en una entrevista realizada con motivo de su concierto en Barcelona para presentar el proyecto. Albert llamó a Pascal diez años antes y quedaron en el Café Royal de Figueres. Sin embargo, confundieron el día y cada uno se presentó uno distinto, esperando al otro sin que apareciera. Y así, la conversación se atrasó sin fecha y lo que no fue se convirtió, una década después, en lo que es Somiatruites: Un disco al que solo Ho sento molt y No solo de rumba vive el hombre le tose en la discografía de Albert Pla.

Y ahora a esperar nuevas buenas del cantautor iconoclasta (como gusta de llamarlo a una prensa que prefiere fijarse en sus declaraciones y chistes que en la necesidad de su discografía) con la ilusión de que no se pierda la inspiración y siga siendo tan imprescindible como sus mejores momentos.

Manolo Domínguez.

lunes, 15 de agosto de 2016

especial albert pla: discografía, pt. 1

Ho sento molt (1989) Albert Pla gana en 1988 la cuarta edición del Certamen Nacional de Cantautores, y una de las canciones que interpretó allí, El llegat del pastor, conseguía el premio a la mejor canción. Y lo ganó con una propuesta absolutamente original, rompedora, llena de dobles lecturas y hermosamente descarnada. Su puesta en escena debió suponer, a su escala, algo así como aquel día en el que Bob Dylan cogió una guitarra eléctrica para cambiar el rumbo de la música.

Al siguiente año PDI publica su álbum de debut, el que a día de hoy es mi preferido de toda su discografía. Ho sento molt, el primero de sus lps en catalán, muestra al Pla más poético, el que escupe su ironía con la inocencia de un niño. Un dulce veneno que sabe a gloria y escuece mientras baja por el esófago. Desde esa aparente fragilidad que propone su voz va creando un universo que parece buscar la belleza a partir de un discurso tan efectista como incorrecto. Cantar al amor desde la escatología, criticar el tópico catalanista a través de la figura del hijo torero o encontrar poesía en una violación no es algo fácilmente digerible, que solo funciona si uno se sumerge en su mundo y se empapa de él. Yo lo hice con No solo de rumba vive el hombre, el primer disco suyo que encontré y fui realizando el camino inverso para llegar a esta obra mayúscula donde todo es de una belleza cegadora. La que emerge de su voz al borde del lamento, que se ha convertido en su seña más evidente de identidad.

Aquí s'acaba el que es donava (1990) Solo un año después, quizá con demasiadas prisas, se publica el irregular Aquí s'acaba el que es donava. 8 canciones que no llegan, ni lírica ni musicalmente, al nivel de inspiración de su anterior, especialmente en las cuatro primeras, las que conforman su cara A. Las historias que aquí se relatan tienen bastante menos de rompedoras y el discurso se vuelve algo menos fatuo, si bien su cuatro últimas canciones, donde se busca la belleza de lo nostágico en El quarto dels trastos, se entrega al amor no correspondido en La gran cascada, se retrata a esa descomprometida sociedad del bienestar que se vendió justo antes de las olimpiadas y la Expo del 92 y se cierra con una crítica a la iglesia ejemplificada en el pollón del cura, salvan un disco más que digno pero que nace con el handicap tanto de lo que precedió como de lo que vendría después.

No solo de rumba vive el hombre (1992) No sé exactamente cuál es el motivo por el que Albert Pla abandona el catalán (en alguna revista del momento leí que por el hastío frente a cierta intelligentsia catalana que no terminaba de comprender su forma de escribir, también podría venir motivado por el paso de PDI a BMG Ariola), pero lo cierto es que el cambio de idioma le permitió ampliar las fronteras de su público y "universalizar" su discurso. Aunque nada de eso hubiese ocurrido No solo de rumba vive el hombre no fuera la obra maestra que es. Un disco donde Pla utiliza la rumba para deformarla y deconstruirla a su antojo, gracias, entre otras cosas, al elenco del que se hizo acompañar para la grabación, con músicos de la talla de Carles Benavent, Pi de la Serra, Chicuelo o la producción de Pep Bordas, que logran un sonido brillante y cálido que le viene de perlas a un cantante que cada vez interpreta mejor, con registros más teatrales y efectivos.

Y las canciones, todas magníficas, desde la Carta al rey al Enterrador de cementerios, del Bar de la esquina a Joaquin el necio, del Sol de verano a la dama de la guadaña... Historias de perdedores que se revuelcan en su mierda hasta convertirla en ternura. Historias que, junto a las de esa otra obra mayúscula que es el Cantecito de Kiko Veneno nos regala un 1992 abarrotado de superhéroes (o antihéroes) de barrio para enamorarnos de sus defectos y sus obsesiones. Un disco para toda la vida de un artista en un estado de gracia irrepetible.

Supone Fonollosa (1995) La continuación a No solo de rumba debería haber sido Veintegenarios, pero BMG decidió que La dejo o no la dejo podría inducir a cierta apología del terrorismo y le secuestró el disco a la espera de tomar una decisión. Así que el cantautor, mientras dirimía con el sello, planteó una solución alternativa y acertó de pleno, porque la reivindicación del poeta Josep María Fonollosa no podía venirle más al dedo. Los protagonistas del escritor se hermanaron con pasmosa sencillez con los que ya forman parte de la discografía de Pla y convivieron juntos con la más absoluta normalidad. Y las adaptaciones musicales no podrían ser más acertadas. La voz ya no es tan delicada, o no siempre lo es, y la instrumentación, para la que siguió contando con músicos como Pep Bordás o Carles Benavent, menos cohesionada (hay canciones donde derivan a las rancheras, en otras parecen apuntarse al espíritu grunge del momento y en la versión de Lou Reed mantienen la influencia de la rumba que spiró todo el disco anterior) pero igual de preciosista y eficaz. Tal vez se pierda en parte la magnificencia del disco anterior, pero el acertado protagonismo de las palabras de Fonollosa completan otro disco de sobresaliente, donde Añoro (el único tema con letra y música de Pla en el cd), Devoro, Maldita ciudad o la épica de No quise hacerle daño pone los pelos de punta como cualquiera de Ho sento molt o las mejores de No solo de rumba. De nuevo tenemos a un gran Pla.

Además, para asegurarse el éxito, incluye la aparentemente innecesaria revisión de Walk on the wild side que, a la postre, se convertiría en el tema más comercial de toda su trayectoria y un clásico ya de su carrera.

Manolo Domínguez

martes, 9 de agosto de 2016

prólogo a un especial sobre albert pla

Mis conciertos de Albert Pla por Manolo Domínguez.

Albert Pla pasó por la Expo’92 semanas antes de publicar No solo de rumba vive el hombre. Por entonces no conocía su música y le dejé escapar, pero meses después volvió a la escuela de Arquitectos de Sevilla y allí, en una actuación a reventar de gente, nos vimos la cara por primera vez o, mejor dicho, le vi yo a él mientras su mirada se perdía en el vacío del techo del salón de actos donde, sentado en su sillón orejero, nos iba regalando sus historias de antihéroes de barrio. Por aquel entonces yo solo conocía su disco en castellano y ahí descubrí a algunos personajes como Marcelino arroyo del charco o los protagonistas de veintegenarios, que se pasaban el día al sol sin hacer nada. Personajes que se unían a los ya conocidos de No solo de rumba vive el hombre y que, poco a poco, iban alimentado el universo Pla en mi cabeza.



Nuestro segundo encuentro fue un año después, de nuevo organizado por la Universidad de Sevilla, pero esta vez en la escuela de Ingeniería Técnica, un viernes de marzo por la tarde. Ese día coincidía con la fiesta de la primavera que se celebraba por primer año en los aledaños de Puerta Triana, una de las antiguas entradas de la Expo. Aquello estaba tan desbordado que era imposible llegar hasta las barras montadas por las distintas facultades para pedir una triste cerveza y la gente se vio obligada a buscar algo de beber en las tiendas abiertas por las calles de Triana, también superadas por el gentío popular. Nosotros, después de mucho insistir, solo logrmos algunos bricks de tinto peleón, una bolsa de hielo, un par de botellas de refresco y un paquete de patatas fritas. Nos tomamos todo al sol de la primavera sevillana, que es como el sol de verano de buena parte del resto del país, y el alcohol empezó a hacer efecto poco antes de tener que marchar, entre las protestas del resto del grupo que no entendían que abandonara la fiesta por un concierto del tipo ese, para no perderme la actuación de Pla en la gira de Supone Fonollosa. Desde Cartuja me quedaba un camino de media hora andando, que hice a más de treinta grados a la sombra y, cuando al fin llegué a la escuela de la calle Niebla, solo tuve tiempo de entrar en los servicios, vomitar, refrescarme la cara y sentarme en el incómodo asiento del salón de actos a dormir la actuación.

Por suerte, al día siguiente repetía en el mismo escenario y en esta segunda ocasión ya pude disfrutar mejor de su show en solitario que combinaba (como siempre en él) la música con la escenografía. El suelo estaba lleno de hojas secas y, en una esquina, se encontraba una vieja pletina donde Albert simulaba dar al play a las grabaciones en cinta de las distintas canciones que después acompañaba con su voz y una guitarra eléctrica. Así fueron cayendo unas canciones que poco después se convirtieron en su cuarto disco de estudio, Supone Fonollosa, y que combinan a la perfección con el ideario de cantautor maldito, grosero y de ternura que siempre ha llevado a gala. Un concierto que recuerdo perfectamente y que me hizo amar aún más la obra de uno de los artistas menos clasificables de aquel entonces.

Para el siguiente concierto tuve que esperar casi diez años, y también fue como adaptación del trabajo de un poeta maldito, Pepe Sales, en el espectáculo Canciones de Amor y Droga. De nuevo Albert Pla creando un mundo particular alrededor de la obra que presenta, pero, al contrario que con los anteriores conciertos, con una puesta en escena más forzada y menos lograda. Aquello tenía sus momentos, no todo estaba perdido, pero yo ya no lo viví como en aquella primera vez en la que, vestido solo con harapos, con un corte de pelo a trasquilones, y metido en un papel absolutamente creíble, se me descubrió como uno de los mejores no-cantautores del país. Antes se había publicado su disco de nanas, Anem a llit, que solo disfruté a medias y, entre una cosa y otra, fui descolgándome de alguien que, al menos con sus cuatro primeros álbumes, era uno de mis artistas preferidos.

Entre medias está la anécdota del concierto en un pueblo de la Cataluña profunda, que se encontró Fran por casualidad en el verano que pasó con su familia en Barcelona. Él estaba pasando el día con su hermano en la costa cerca de Girona y, colgado en una pared, medio roto, se encontró un cartel que decía que Albert Pla actuaría esa noche a pocos kilómetros. Como les cogía cerca decidieron ir y, cuando llegaron a taquilla, estaba todo vendido. Con el chasco de la noticia entraron en un bar cercano a tomarse una cerveza antes de volverse y la suerte quiso que allí estuviera también Albert, tomando un sol y sombra (o así me lo imagino yo) y escuchando como su representante le daba la buena nueva del recién conseguido sold out. Entonces Fran se acercó y le contó que era de Sevilla, que estaba de vacaciones y que se había hecho más de 100 km. (para lograr hay que exagerar) para asistir al concierto, pero que se habían encontrado con la sorpresa de que ya no quedaban entradas. El cantante, parco en palabras como ya sabemos, balbuceó algo que parecía confirmarles que esa noche estarían en el concierto. No sin antes pagar religiosamente su entrada, apuntó el manager, que para eso era el encargado de manejar los números. Y así fue. En taquilla estaban poco después sus “invitaciones” y de esta forma lograron asistir al concierto. Al finalizar este,  Fran arrancó uno de los posters e intentó localizar a Albert, al que esperó en la puerta del camerino más de una hora. Le dio las gracias por todo y le contó que yo era muy fan suyo, que me llamaba Manuel (para Fran no soy Manolo, soy Manuel) y que seguro que me haría ilusión tener el cartel firmado. Él, menos sereno de lo deseable, no medió palabra, cogió el bolígrafo, hizo un garabato más ininteligible que su voz en las entrevistas que no le interesan, y desapareció por donde había venido.

Cuando me regalaron el póster me tuvieron que explicar que ese rayón era en realidad su firma, y me contaron toda la historia de aquel concierto al que no fui pero que recuerdo mucho mejor que cientos a los que sí he ido.



Y después está el concierto en Nocturama, en la gira “tenemos un problema” junto al guitarrista Diego Cortés. Aquel fue un concierto de altibajos, pero siempre disfrutable, a pesar de que el personaje mostraba cada vez más síntomas de comerse a la persona. Los tics se repiten y los chistes empiezan a hacerse más que conocidos, pero sigue siendo un artista de carisma y, cuando el repertorio le acompaña, consigue brillar, con luz propia y con la del aparato a lo “Orbital” que llevaba en esa ocasión en la cabeza.

Pensar ahora en si habrá un próximo me resulta bastante perezoso. Hace ya un tiempo que sus discos no son lo mismo y no llevo bien la estandarización en la que ha caído el artista. Por ejemplo, la gira presentado la obra sobre la guerra junto a Fermin Muguruza y Raül Fernández pasó por mi ciudad y, de puro miedo, decidí saltármela. Pero si vuelvo a ver un cartel con su nombre y tiro de nostalgia, no puedo decir que no termine en primera fila, haciendo como que todo me coge de nuevo y que la carta al rey de No solo de rumba vuelve a sorprenderme como la primera vez que la escuché. Y bailando Joaquín el Necio. Ay, qué ladrón.