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jueves, 7 de septiembre de 2017

discos que me hunden en el barro: el primer disc, gran amant (2011)

No descubro nada nuevo si digo que hay cosas que solo pasan una vez en la vida. Pasan sin casi darte cuenta y después se te queda cara de tonto esperando, en vano, que vuelvan a ocurrir. Poder volver a revivir ese momento que ni siquiera te diste cuenta que era tan importante.

El primer disc es el único disco de Gran Amant, grupo del mallorquín Gerard Armengol. Gerard, también ilustrador y diseñador gráfico (ha publicado incluso en The New York Times), publicó estas canciones en 2011 y desde entonces, solo podemos volver a ellas una y otra vez, ya que no han tenido continuación.
Un disco que vive y sigue teniendo vida propia en un mundo que parece sacado de algún momento de los '90 donde las locuciones, las cortinillas, y los diálogos relacionados siguen teniendo vigencia. Un disco premeditadamente naíf y en ocasiones críptico, pero con la riqueza necesaria como para crear una obra capaz de atrapar y perdurar. Pop artesanal y mediterráneo. Un mediterráneo lo-fi y no siempre un lugat donde brilla el sol. Un mar que guarda rincones ariscos y no siempre calma.

Y no, no es un disco en el que recrearse tirado en el barro (la etiqueta es tan solo un pretexto), es simplemente que guarda la esperanza de lo que empieza con la intención de continuar y se queda en una ocasión única. El primer paso y el último. La alegría y la tristeza juntas y sin posibilidad de tiempo para elegir con cuál te quedas. Javier Ruiz

miércoles, 25 de enero de 2017

discos que me hunden en el barro: compito, sr.chinarro (1996)

La primera noticia que tuve del segundo álbum de Sr. Chinarro fue por casualidad, durante el verano de 1995. Entonces trabajaba por las tardes cubriendo las bajas veraniegas del departamento de informática de Tabacalera, en jornadas que en buena parte consistían en esperar a que se imprimieran las tarjetas de distribución diaria del tabaco en los estancos para dejarlas después en los cajones correspondientes, de donde las recogían por la noche los repartidores y montaban sus rutas del día siguiente. Esperar era lo habitual, y bajar a la zona de los camiones con las hojas de papel continuo impresas, mi objetivo final. Y, mientras, me entretenía escuchando la radio, Radio 3 o Canal Sur, en uno de cuyos programas estrenaban, completamente a traición, Sal de la tarta. Una canción que sonaba a unos The Cure aflamencados, borrachos de manzanilla, y que le daba, así sin previo aviso, un vuelco a mi tarde de agosto en una oficina de una planta completamente vacía, donde solo sonaba el ruido de la impresora y el viejo transistor que tenían sobre la mesa.

Después de ese primer contacto pasaron meses hasta que tuve el disco completo en mis manos. Recuerdo abrirlo, leer la cita de Cesare Pavese, los créditos del libreto y las letras de las canciones mientras el autobús me acercaba al momento de escucharlo por primera vez. Ir diseccionándolo antes de, ni siquiera, tener más referencias que unas palabras sueltas en un papel. Allí estaba yo buscando claves ocultas en las la frase del escritor italiano o dándole un sentido al apocalíptico al diseño de la portada por la simple imposibilidad de acceder a más hasta que pudiera ponerlo en el reproductor.

Lo que no consigo recordar es si se trataba un día de otoño, invierno, o primavera, pero en el fondo da igual. Para mí Compito es gélido. Es mi ración de villancicos navideños para cortarse las venas cada 24 de diciembre. Sabe a mantecados amargos, huele a copazo de anís y duele como el fantasma de las navidades pasadas. Y es el resumen de una época de mi postadolescencia que ahora la miopía histórica me hace verla como traumática. En él, cada canción, cada estrofa, cada detalle es un instante de mi vida que se ha quedado pegado al cd como la grasa a las zonas más inaccesibles de una cocina que no se limpia a fondo desde hace años. Es imposible disociarlo de mi propia experiencia de tal forma que escucharlo me afecta más que la lectura de un diario que jamás escribiera. Sin un cd pesa solo unos pocos gramos, este pesa kilos y kilos de nostalgia. Se hace tan cuesta arriba, especialmente a partir de Peteneras, que cada escucha es una expiación.

En Compito está todo lo que me afecta. El recuerdo de mi padre escuchando flamenco en su habitación mientras catalogaba sus monedas del Bajo Imperio Romano, el día que mi hermano arrugó la carátula del disco porque le insistí en que debía escuchar Sal de la tarta y él creía tener problemas mayores que una puta canción del Sr. Chinarro, la sensación de ser un outsider cada vez que en Sevilla llegaba la Semana Santa, las mañanas en la biblioteca de la facultad donde no hacía otra cosa que perder mi juventud sin criterio alguno, el recuerdo de la vez que le vi actuar en el interplanet, no sé si con él o yo más borracho…  Compito no tiene un puñetero recuerdo positivo para mí porque así lo he querido yo en mi memoria y, a pesar de todo ello, es uno de los cds de mi vida. Porque la música es tan importante que incluso la necesitas solo para que te joda el día. A mí al menos hay discos que lo hacen y a los que, irremediablemente, necesito volver cada cierto tiempo. Y este es uno de ellos, si no el que más. Manolo Domínguez

lunes, 9 de enero de 2017

discos que me hunden en el barro: automatic for the people, rem (1992)

Da igual que estés inmerso en la más absoluta miseria o que, por el contrario, tengas un buen día. Cuando empiezan a sonar los acordes de Drive, todo se funde a negro. Se funde a negro irremediablemente. Da igual que en este disco estén Man on the moon, The sidewinder sleeps tonite o incluso Ignoreland, que vendiera millones de copias o que después de sonar consiga remontarte (ya conocen el efecto sanador de la música). Cuando empieza Drive todo se hunde.
Como cuando ves llorar a alguien y no puedes evitar hacerlo tú también, cuando empiezan a sonar las guitarras de la primera canción entramos en ese estado emocional de una gran obra de arte en la que cada pieza encaja como si se tratase de un engranaje absolutamente perfecto. La majestuosidad de una obra de arte ante la que ves reflejado el momento en el que no ves la luz al final de túnel, el momento en el que todo falla. La tristeza al terminar y no poder evitar la alegría con lágrimas de estar ante una obra más grande que tú y ese momento.
Como en una paleta de un pintor, en Automatic for the people encontramos diversos tonos y matices de una bajada a los infiernos. Todos ellos guiados por la prodigiosa voz de Michael Stipe. Como en una montaña rusa emocional de la que nunca quieres salir, por dolorosa que sea, volver a Automatic for the people es mirar atrás y regodearte en lo que nunca fue, pero pensando que quizás mañana acabe siendo e incluso mejor. Javier Ruiz

"Nightswimming deserves a quiet night, I'm not sure all these people understand"