miércoles, 19 de abril de 2017

joan miquel oliver, atlantis (2017)

Cuando alguien tiene una personalidad y una manera de hacer tan marcada es fácil que en su propia inercia de creación la propuesta acabe perdiendo frescura, que acabe perdiendo aire por algún lado.
Joan Miquel Oliver lleva 20 años haciendo canciones, la mayor parte del tiempo con Antònia Font y en los últimos años en solitario. Y a pesar del gran peso del grupo madre, ha sido capaz de mantener la identidad, y de alguna manera ha sabido diferenciarse de AF en cada uno de los discos que ha publicado solo. Quizás por los marcados conceptos con los que ha ido argumentando sus discos, quizás por su inventiva sin fin, Oliver sigue enfrentándose cuál trovador a la música, siendo total y único (aquí solo Toni Toledo se encarga de las baterías) responsable de lo que oímos. Y el resultado sigue siendo absolutamente igual de fresco que el primer día. No hay visos de agotamiento de la fórmula, aquí sigue corriendo el aire por todos los lados, Oliver se ha preocupado de ventilar las estancias.

Lo que sería el cuarto disco oficial bajo su nombre, Atlantis es la segunda parte de una trilogía que empezó en 2015 con el disco azul, siendo la parte terrenal (o acuática) frente al arco más etéreo de Pegasus. Todo esto se traduce en un disco más orgánico, más robusto, y en el cuál Joan Miquel Oliver sigue, al fin y al cabo, mostrándonos el lado más pecualiar y práctico de la realidad: "Cuando me voy a dormir miro un rato al techo, y me duermo, y sueño que vuelo, y tengo un total y absoluto control", canta en Nins a tobogans.
Manteniendo su encantador sonido a electrónica de dormitorio, se amplia la gama a unas canciones con las guitarras más encendidas, con más arreglos. Esto se da sobretodo en la última parte del disco, donde se ahonda en lo que Oliver denomina el leitmotiv del disco: las personas y sus cosas, y lo hace en canciones intensas y con un tono más oscuro de lo que acostumbra.
Pero es en la primera parte del disco donde nos encontramos lo que a mí me parece lo mejor de Atlantis; la triada de canciones que forman la preciosa Nins a tobogans (esta definitivamente entra a formar parte a la lista de las mejores que JM Oliver ha escrito nunca), Agricultors ingràvids, la hipnótica Incident a sa pista dos o la juguetona Rumba del temps. Canciones que sin hablar de nada en particular lo explican todo y que a mí me siguen agarrando a esta isla y llevándome a otros lugares al mismo tiempo. A otros lugares en los que el mundo todavía no se ha vuelto loco y reina la cordura. Javier Ruiz

martes, 18 de abril de 2017

gracias por estos tres meses, lena dunham

No, no llevo desde el principio viendo Girls. No sé si afortunadamente o no pero no llevo 6 años siguiendo las aventuras de Hannah/Lena. Solo llevo tres meses, pero 3 meses muy intensos: en ese tiempo he visto los más de 60 capítulos de la serie y he leído la autobiografía libre que escribió, No soy ese tipo de chica. A todos luces, 3 meses que han sido un exceso. Un exceso para una personalidad tan peculiar como la que tiene Hannah/Lena. No me quiero imaginar lo que hubiera sido vivir 6 años siguiéndola semana a semana.

Desde la última vez que hablamos, en la recta final de la serie hemos visto las despedidas de varios personajes: Ray encontrando el amor dando vueltas en un tiovivo, el éxito de Elijah, la inevitable despedida entre Hannah y Adam en un precioso 6x08 y la constatación de la realidad entre las chicas en un 6x09 definitorio: una realidad que no dejaba en muy buen lugar la amistad entre Shosh y las demás, y en uno mejor la que existe entre Hannah y Jessa. El cierre de un círculo del que Hannah/Lena siempre ha sido la máxima protagonista.

























En una serie como Girls, que por mucho que nos empeñemos, siempre ha sido una historia individual en lugar de coral (a pesar de su título), no cabía otro final que el que hemos visto. Pausado, como sin con él no fuera la cosa, solo marcado por su propio ritmo. Y es que está claro que Girls (citando a la propia Lena Dunham) no ha sido esa clase de serie. Esa clase de serie en la que el cliffhanger manda. Aquí se ha contado una evolución, un de niña a mujer, como diría aquel. Una historia común, pero contada de la manera más rara y extraña posible. O quizás hemos sido (he sido) nosotros que no la hemos entendido. En todo caso, una serie en la que se ha llegado al sobresaliente en varias ocasiones y a la inercia y la vulgaridad en muchas otras. Pero siempre manteniendo interés, que a lo largo de 62 capítulos no es poco. Javier Ruiz

lunes, 17 de abril de 2017

cosmen adelaida, dos caballos (2017)

Dos caballos no es un disco para los tiempos en los que estamos. Es un disco que necesita tiempo y dedicación. Dos cosas de las que no solemos derrochar últimamente. Pero ay si le dedicas esas dos cosas. Ay.

Algunos años después del maravilloso La foto fantasma, los madrileños regresan con cambios en la formación (regresos de los inicios y partidas: Elisa parece centrarse ya en su proyecto en solitario, Caliza, aparte de los diseños gráficos de los grupos en los que ha estado) y con un disco no tan amable como el citado. Con un sonido, no sé si deliberado o no, más sucio y con más capas, las canciones, aún manteniendo la fuerza, suenan menos evidentes. De manera inmaculada, el disco se inicia con dos de las mejores canciones que el grupo ha firmado nunca: Contra la pared y Hermanos Wright. La primera, críptica e incesante, la segunda una metáfora preciosa sobre las ganas de querer avanzar. Dos hits increíbles y alucinantes. Pero la diversión continúa y nos encontramos, por ejemplo, con las urgentes Huida (para grabarse a fuego eso de "yo creía que podía cambiar, hacerlo todo bien, hacerlo todo como dicen que hay que hacerlo, pero da igual, por más que insista no va a cambiar") o Parque Jurásico, o con la muy Smiths El final. O con las castañuelas de El futuro o con la esperanza de 2CV. Un disco con las suficientes razones para que no puedas dejar de obsesionarte con él poco a poco, para que cada vez crezca un poco más.

Un disco idóneo para perder el tiempo con él, si es que tienes de eso. Que seguro que sí, aunque vayas diciendo que no. Javier Ruiz

domingo, 16 de abril de 2017

los lunes: novedades (56)

El nuevo single de Saint Etienne
Ya conocíamos una de las canciones del nuevo disco de Saint Etienne que se publica en junio, y ahora es el turno del primer single de Home Counties, Magpie eyes. Con una melodía 100% Saint Etienne, se alejan del techno pop con el que presentaron su anterior álbum y presentan una canción más clásica y orgánica:





Single de los noruegos Young Dreams

Young Dreams publicaron su disco debut en 2013, desde entonces, han publicado algún single suelto y han realizado trabajos de producción para, por ejemplo, Sondre Lerche. Ahora publican otro single, con un ritmo envolvente y estribillo arrebatador:




El nuevo disco de Skittle Alley
Los franceses Skittle Alley regresan y publican nuevo disco, de nuevo con Discos de Kirlian y lo primero que conocemos es esta canción, más animada que de costumbre y llevada por una melodía de bajo:




Nuevo tema de C.Tangana 
Después de Siempre, el disco publicado con el colectivo Agorazein, C.Tangana vuelve a publicar en solitario, con una canción en la que parece anunciar que algo se avecina, que algo grande ha pasado. Parece que el trap no se para:




Otra canción del disco de Maria Arnal i Marcel Bagés
Aunque si algo grande se avecina, eso va a ser el disco que se publica esta misma semana de Maria Arnal i Marcel Bagés. Después de Tú que vienes a rondarme, ya podemos escuchar otra canción de este proyecto que no para de darnos alegrías:




Otro adelanto del nuevo disco de Mishima
El segundo adelanto del nuevo álbum de Mishima es una de esas canciones que el grupo borda: una canción clásica, universal, con una letra ante la que es imposible no empatizar:

viernes, 14 de abril de 2017

los vídeos del fin de semana (37)

El vídeo que elige Manolo: No estamos católicos de Faraón & Los Sarcófagos
Antes descubríamos grupos con la nadadora, pero terminamos cerrándola y ahora ya no nos enteramos de nada. Por eso hemos llegado a Faraón y los Sarcófagos ya con su segundo EP en la calle, este tringle de tres canciones unidas en un solo corte de tres minutos que hasta incluye una versión smitheriana



El vídeo que elige Javi: Baloncesto de La Prohibida
¿Nunca es tarde si la dicha es Baloncesto? 2 años después de su publicación podemos ver en imágenes esta increíble canción por la que el tiempo no pasa. Dirigidas por Salva Musté y con estética invernal, funcionan a la perfección:

jueves, 13 de abril de 2017

future islands, the far field (2017)

GRUPOS VITALES No estoy muy acostumbrado a que las cosas me vayan bien durante mucho tiempo. Sí, tengo golpes de suerte, en un momento dado parece que las cosas se me encauzan, pero tarde o temprano siempre acaban yendo a peor, siempre acaban poniéndose en su estado natural, el de la resignación. No es que sea poco optimismo, es realismo. Por eso me alucina cuando las cosas salen bien con los grupos que me gustan, porque es como si el equilibrio del universo se restableciera.

Future Islands entregaron con Singles uno de los discos más importantes de los últimos años (por los menos para mí). Su salto a la fama después de su actuación en el programa de David Letterman enamoró a medio planeta (es un decir) y desde entonces admiración eterna. Pero no es que uno esté ya predispuesto al grupo, es que ellos siguen entregando razones para que esa admiración no cese.

The Far Field es el perfecto disco con el que un grupo de éxito desearía volver: igual de bueno, igual de emocionante y manteniendo el estado de gracia en el que ha entrado el grupo. Un disco frenético, que no da descanso, que mantiene la chispa encendida a lo largo de sus 45 minutos y al que, quizás, solo le puede reprochar una cierta uniformidad en sus formas.
Aquí Future Islands parecen volver a la manera de hacer canciones que mostraron en sus primeros álbumes, pero manteniendo la fuerza del sonido de Singles, haciendo de esta combinación la piedra angular de The Far Field: un sonido vigoroso, una voz, la de Samuel T.Herring, capaz de llegar al más allá y sobretodo, unas canciones fantásticas de tecno pop que derrochan talento. Aladdin, North Star (una de sus canciones más pegadizas y abiertas de toda su discografía), Day glow fire, Black rose o Shadows (junto a Debbie Harry) son melodías que para intentar descifrar su secreto necesitas escuchar decenas y decenas de veces. No solo eso, canciones que tienen un potencial increíble, singles clarísimos que siguen el concepto de su anterior álbum.
En estas 12 canciones, Future Islands plasman imágenes e historias tan apasadionadas como sus interpretaciones, romanticismo sintético extremo, amor en tiempos de trap y tropical house. 9,00 Javier Ruiz

martes, 11 de abril de 2017

olivier schrauwen, arsène schrauwen (2015-2017)

El dibujante Olivier Schrauwen relata en esta novela gráfica, editada en castellano en 3 tomos por la editorial Fulgencio Pimentel (y entregada en una caja que es un pequeño regalo para el coleccionista), la historia del viaje que realizó su abuelo Arsène a las colonias belgas del Congo para ayudar a su primo en la megalómana tarea de levantar su proyecto arquitectónico en medio de la selva. Y, una vez allí, las vicisitudes con las que se irán encontrando le llevarán, entre otras cosas, a descubrir el amor y el sexo, y a acercarse a los límites del miedo, interior y exterior.

La novela parte de esta idea, con un aparentemente claro hilo narrativo que arranca con Arsène subiendo al barco que le llevará a su destino, pero pronto empieza a mostrar que nada va a ser convencional en su lectura, especialmente el discurrir del tiempo, que se difumina entre miedos, sueños, paranoias o estados febriles y que permiten a Oliver ensanchar a su antojo los límites del cómic, tanto en su formalidad gráfica como en lo narrativo. Y es en ese momento cuando se le exige al lector olvidar ciertos convencionalismos y entregarse sin reservas a la propuesta que el autor nos hace. No nos debe importar cuánto hay de verdad en lo que estamos leyendo. No es necesario saber si el consejo que Arsène recibe de un extraño durante su viaje en barco, y que le lleva a la más absoluta paranoia, es o no ficción; si tiene sentido cerrar con cinta aislante cada resquicio que deje la ropa a la infección por unos supuestos gusanos que sobreviven en el agua, pero tampoco es relevante. Para Arsène es algo real y nosotros debemos sentirlo de igual manera. De la misma forma en la que sobrevive su acercamiento al sexo, más idealizado en la figura de la esposa de su primo y más carnal y libidinoso en los seres mutantes que encontrarán en su viaje por la selva.



Todo lo que ocurre en los tres tomos de Arsène Schrauwen es real dentro de ellos, hasta los delirios febriles del protagonista tras enfermar, y es precisamente eso lo que hace que la historia escape de lo convencional y consiga la categoría de obra maestra. Porque Oliver, consciente de que al difuminar esas fronteras obtiene una mayor libertad creativa, se toma unas licencias en lo gráfico que hacen de cada página una nueva experiencia, diferente de la anterior. El uso del color (solo tenemos dos tramas de colores, con resultados visuales que lo acercan a la risografía), la deformación de la línea de lectura habitual (no siempre debemos ir de izquierda a derecha y de arriba abajo, e incluso no siempre vamos a encontrarnos las palabras, a menudo escondidas entre unas y otras viñetas) y los pocos convencionalismos en el dibujo (el detalle a la hora de representar a los personajes varía según nos encontremos en un espacio real, en un sueño, o dependiendo de la importancia de lo dibujado dentro de la historia...) hacen que observar el resultado sea ya una gran experiencia en sí mismo, mucho más aún cuando ves cómo se conjugan todos estos aspectos, dando ese carácter mayúsculo a la novela, inquietante, sorprendente y, sobre todo, fascinante.

Olivier ya había avisado previamente, y en Mowgli en el espejo había explorado ya terrenos cercanos, pero Arsèn Schrauwen es un paso al frente tremendo, que, como mínimo, le sitúa al dibujante entre mis autores preferidos del momento. Manolo Domínguez