miércoles, 16 de septiembre de 2015

un repaso personal a la historia del pop sevillano (2): rozando los límites del flamenco por manolo domínguez

Bambino, Hablemos del amor (1973) columbia
María Jiménez, María Jiménez (1976) movieplay
Remedios Amaya, Luna nueva (1983) CFE


Que mi padre, aficionado al flamenco más puro, aceptara la fusión de Remedios Amaya en su disco Luna Nueva, junto a su participación en Eurovisión, no entraba dentro de lo esperable. Sin embargo ocurrió, y ese 23 de Abril de 1983 nos sentamos toda la familia delante del televisor. Yo con mi cuaderno y mi bolígrafo para ir anotando las puntuaciones de España en el festival, y mi padre con la esperanza de que el flamenco, con bases electrónicas o sin ellas, se entendiera fuera de nuestro país y nuestro entorno más reducido. Cuando llegó el turno de España mi madre fue la primera en darse cuenta: "Va descalza". Y a mí eso me fascinó. Se puede ir descalzo en un escenario, y Remedios lo estaba haciendo. Yo quedé fascinado con todo, el tema y esa puesta en escena que andaba tan lejos de lo que yo solía escuchar a esa edad.

La actuación la conocemos todos y el resultado final también. Tras las interpretaciones fueron pasando las votaciones de todos los países y ninguno dejó nada para el nuestro. Finalizó el festival, nos habíamos quedado con cero puntos y yo con el cuaderno sin estrenar. No lo podía entender, no estaba preparado para un fracaso que, a la postre, hizo más grande a Remedios Amaya.

Después llegó su retiro y la vuelta posterior en 1996, pero aquel disco de 1983, Luna Nueva, donde se mezcló el flamenco con los sintetizadores que estaban copando buena parte de la música más moderna de nuestro país, quedó como ese extraño hito incomprendido en el que una cantaora tradicional como Remedios Amaya se dejó convencer para traspasar esa frontera que solo se le permite a unos pocos.




Otros que lo han hecho desde sus orígenes, y de forma mucho más natural, han sido Bambino y María Jiménez. El primero siempre coqueteó desde la rumba con otros géneros, el bolero, la música ligera y el pop, y lo sublimó en Hablemos del amor, su disco de 1973 donde hace suyos clásicos como Algo de mí, Hablemos del amor o La nave del olvido; canciones que, a pesar de haber sido interpretadas por gigantes como Camilo Sesto o Raphael, yo las siento suyas. Porque Bambino vivía sus canciones, las lloraba, las sufría y las amaba. Y yo con él desde casa, como si fuera mi amor el que pierde en la nave del olvido sin poder hacer nada por evitarlo. 

Y María Jiménez, el coño con más arte de la ciudad, ese que se embarcó en la gira de la campaña por el referéndum de Andalucia junto a Alameda, Silvio y Luzbel, Pata Negra, Manuel Gerena, Camarón o Carlos Cano casi sin tener claro qué era lo que estaba reivindicando, pero derrochando un arte y una fuerza que no dejó a nadie indiferente, y que se supo dejar guiar en un primer disco, producido por Gonzalo García Pelayo, que suena a rumba, a rock andaluz y a flamenco y huele a María Jiménez por los cuatro costados. Un disco donde se atrevieron a llevar su terreno un tema tan bello como Canción de amor número 2 de Amancio Prada, o el Gracias a la vida de Violeta Parra, que aquí parece andaluz por los cuatro costados, que desarma con Me muero, me muero, y se cierra con los teclados progresivos que acompañan a la Noche de lamento triste que completa un lp rotundo, mágico y visceral, como lo es ella.

Y me duele dejar fuera a dos cantaoras mayúsculas, las hermanas Fernanda y Bernarda de Utrera, que también coquetearon con esa frontera entre el flamenco y "lo demás", pero que siempre fueron más de canciones que de discos y que, sinceramente, se me escapan al ser mucho más puristas de un género del que solo me atrevería a decir que estoy aún en los primeros pasos. Un género que de tan grande merecería un especial propio, y que obviamente escribiera otro.

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