jueves, 26 de enero de 2017

recordando canciones: juegas con mi corazón, un pingüino en mi ascensor (1986)

Juegas con mi corazón por Amaya Granell:



Juegas con mi corazón por Manolo Domínguez:
Si he sido fan incondicional de algún grupo, ese debe ser Un Pingüino en mi Ascensor. Porque nadie es tan fan ni tan excesivo como se es con quince años; y esa es precisamente la edad con la que descubrí el EP Yang & Ginés, que también puede ser el que más haya escuchado en mi vida. Ese fanatismo post-adolescente, en el que no importan los datos,  la historia, o las objetividades, y en el que un tío con un Casio de andar por casa puede ser más importante que los mismísimos Beatles, es algo tan maravilloso que casi lo echo de menos. Echo de menos no emocionarme como entonces, no vivir con la necesidad interna de argumentar cada filia y cada fobia, no cargar con un equipaje tan grande de discos que es casi imposible sorprenderte, y poder decir que una canción es la mejor del mundo simplemente porque es la que te gusta más en ese momento, porque en la letra hablan de salir por ahí y acabar tirado borracho en una acera o porque te cuesta menos tararearla que otras.

Y Juegas con mi corazón es esa canción. La que yo reproducía una y otra vez en el plato del salón, a un volumen digno cuando estaban mis padres y al más alto posible si me quedaba solo en casa. Me sabía la letra y reconocía cada sonido emitido por su voz nasal. Me aprendí a dibujar los pingüinos de la portada y me obligó a tratar de descubrir (infructuosamente, solo llegué a tener alguna canción grabada de un concierto de los 40 principales en el que hacían de teloneros) quiénes eran Ciento Bailando en esa era pre-internet en la que todo era más difícil, y más emocionante. Y también a plantearme que una canción como Suspiros de España puede molar y que toda esa música que yo sentía rancia podía no serlo.

Los discos de Un pingüino en mi ascensor, y en especial sus dos primeros, pueden tener si queréis mil defectos, pero yo solo veo en ellos una virtud que no es cuestionable, y que es la capacidad que tienen de emocionarme. Esa cualidad tan subjetiva que no sirve para otra cosa que para ser sinceros, para no tener que recurrir a todos esos criterios oficiosos de crítico musical a los que habitualmente nos aferramos para defender a un artista o una canción. Porque un crítico no puede, o no debe, utilizar todos estos recursos para diseccionar una obra. Se debe a unos parámetros objetivistas. Pero yo sí puedo, y eso hago cada vez que me pongo Juegas con mi Corazón: Volver a sentirme un pijo adolescente cuyo único problema en la vida era no tener la vida que deseaba. Como le ocurre a la mayoría de los protagonistas de las canciones del Pingüino, esas que siguen, treinta años después, formando parte de mi vida.

2 comentarios:

  1. Pues si no has asistido a uno de sus últimos conciertos te lo recomiendo. Lo pasarás bien

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  2. Ya. Me encantaría, pero no se prodigan por el sur y no me ha coincido con las veces que he podido ir a Madrid

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