martes, 12 de abril de 2016

junior boys, big black coat y pet shop boys, super (2016)

En mi viaje de vacaciones a Berlin en 2006, en una tienda de discos de Kastanienalle tuve en mis manos dos vinilos, Fundamental de Pet shop boys y So this is goodbye de Junior boys. De los primeros había dejado de comprar sus discos tras Bilingual, a Junior boys acababa de descubrirles e In the morning me tenía obsesionado. Los dos estaban en mi lista de pendientes de comprar, pero tampoco podía abusar porque el equipaje de vuelta era limitado por culpa de las compañías de vuelo. Al menos uno debía quedarse allí.

Han pasado nueve años de entonces y ahora ambos grupos tienen relación directa con la capital alemana. Matt Didemus se mudó hace tiempo a Berlin, donde ha montado su estudio de grabación, y Pet Shop Boys han elegido la ciudad como su segunda residencia, en la que pasan varios meses al año. Probablemente se hayan cruzado alguna vez por sus calles o alguno de los clubs más modernos del momento.

En Big black coat, el quinto álbum de los canadienses, aparentemente no parece haber cambiado mucho. Persisten las melodías contagiosas que coquetean con el RnB y el synthpop, unidas al frío crepuscular de su música, y esa sensación de coquetear con la pista de baile sin perder la elegancia ni serenidad. Sin embargo, al escarbar en las bases te encuentras con que estas se han afilado, se han vuelto más ariscas, frías y salvajes. Tras la presentación con You say that, que parece un hit italodisco que lleva desde los 80s a 40 bajo cero y aún no ha terminado de descongelarse, y el que fuera single de adelanto, Over it, se encuentra uno con la primera evidencia de que este va a ser un disco menos amable. C'mon baby, si no fuera por su melodía vocal, estaría en el top de los singles de techno más fríos del año. Por parajes parecidos se mueve M & P o And it's forever, con unos ritmos monocordes y unos bajos que son el contrapunto perfecto a la voz tan RnB de Jeremy. Y más fríos aún se muestran en Baby don't hurt me, una balada tremenda, que parece ir ralentizándose más y más a medida que avanza.

Después, para recuperar su pasado synthpop, en la revisión de What you won't do for love  se llevan a su terreno el original de Bobby Caldwell, en la que parece el hit más evidente junto al ya mencionado Over it, algo que, con las dos últimas del álbum, Love is a fire y Big black coat, demuestran que no es el objetivo principal de un disco que les devuelve en forma, muy en forma, y poco convencionales. Tal vez se hayan dejado algo de inmediatez en el camino, pero si se les dedica algo de tiempo, a la larga puede ser de agradecer.

Pet shop boys, mientras tanto, han optado por lo contrario: sublimar lo mostrado en el anterior Electric y entregarse al hedonismo de la pista de baile, con todo lo que esto conlleva de positivo y negativo. He leído por ahí que la culpa está en las noches que Chris y Neil han pasado en las discos berlinesas en este tiempo, y algo de ello puede haber, ya que Super es casi un compendio enciclopédico de formas de atacar la pista de baile, algunas absolutamente imprescindibles y otras salvadas gracias al potencial que el dúo tiene para escapar de las peores situaciones, como el resultante de mezclar en la intro Happiness un ritmo cuasi nu-NRG con un estribillo que parece robado a Billy Ray Cyrus.

Pero parte de la culpa de que Super salga bastante indemne del batiburrillo que en realidad es parece que la pueda tener su productor Stuart Price, que ha sido capaz de dar uniformidad a un disco que tiene italo disco, EDM, techno, synthpop y hasta reguetón, todo metido en una batidora donde el hilo conductor está en la voz de Neil Tennan, que no se inmuta ni pierde su compostura así tenga que cantar sobre los Masters musicians of joujouka. Así, tanto cuando se van al pop más evidente, con ese ya clásico que es The pop kids, como cuando al momento giran hacia los ritmos latinos de Twenty-somenthing, Neil logra que las diferencias se desvanezcan y queden difuminadas ante unas melodías que las elevan al cielo.

Menos logrado está en Groovy que, a pesar de unos teclados majestuosos, termina haciéndose monótona, o The dictator decides, que busca la épica contenida de anteriores ocasiones y se queda a medio camino. Y Pazzo!, esa revisión al italodisco que sería otra cosa de no estar antes Tutti frutti de New Order, sirve para cerrar una hipotética cara A donde podían haberse estrellado y al final la cosa queda más que aceptable y con dos canciones para recordar.

Inner Sanctum es el opening de la cara B, que funciona mejor que Happiness, y preludia otro de los momentos álgidos de Super, el trallazo que es Undertow, con el que solo Burn, con esos teclados que viajan de It's a Sin al techno más machacón,  puede competir en este segundo lote. Porque Sad robot world me lleva directamente al único disco que no me gusta de Pet shop boys (Release) y Say it to me suena a mainstrean del siglo 21, del que se podría haber colado en el último disco de Justin Bieber pero (y aquí viene el problema) sin superar los hits que este tiene. Después, Into the thin air confirma la sensación que me desprende todo el álbum. No, no es la octava maravilla, pero les sigue mostrando en forma y capaces de, por momentos, recordar a cuando eran la más importante banda de pop del mundo.

Si hoy volviera a aquella tienda, no tendría claro cuál de estos discos llevarme a casa. Aquel día me terminé decantando por So this is goodbye.

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