jueves, 7 de abril de 2016

charlie kaufman & duke johnson, anomalisa (2016)

Cuando era adolescente, a menudo fantaseaba con lo que me iba a pasar más adelante. Soñaba que conseguiría un trabajo maravilloso en el que me realizaría y encontraría fabulosos compañeros (cosa que no ha pasado, soy un hombre triste), un novio para toda la vida (cosa que ha pasado, soy un hombre afortunado) y una vida placentera en general. Me podía pasar horas enteras solo pensando en eso, escenas en mi cabeza que no iban a ningún lado, solo a sitios mucho más oscuros.

(spoilers)

La vida de Michael Stone es una vida anclada en el gris, en la monotonía, en la más triste rutina. Hasta que viaja a Cincinnati por viaje de negocios y de repente, en una noche, todo parece cambiar. Michael sufre el denominado Síndrome de Frégoli, magistralmente representado. Después de ciertos acontecimientos, hay un punto de inflexión en la película que le da la vuelta y hace que todo adopte otra perspectiva. Es el momento después de la ducha, en el que notamos que algo ha pasado, aunque no sabemos bien qué. A partir de aquí, el desafío no consiste en entender lo que pasa o le parece pasar a Michael en su cabeza (en este punto es importante el papel que juega el juguete japonés), si no cuánto de Michael somos nosotros, si soy yo mismo.


Porque en Anomalisa todo momento es importante, desde la manera en la que Michael le pide a su acompañante en el avión que ya le puede soltar la mano, hasta el número de veces que explica que hay algo en él que no va bien.
Tal vez sea la incapacidad de entablar relaciones verdaderas, salir de tu cabeza para poder comprender a los demás, el tedio, el hastío, la incapacidad de llevar una vida normal y placentera, etc. El mal de nuestros días plasmado de manera cruda y directa, plasmado en personajes que no son independientes, sino todo lo contrario.



Aquí lo importante no es descifrar los misterios de la película (que por otro lado, también), sino acompañar a Michael en sus deseos más intimos, en sus ganas de mejorar su vida, en poder mirarse al espejo y no romperse.

10/10

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