lunes, 27 de julio de 2015

charles burns, cráneo de azúcar (2015)

Si me hubieran preguntado justo después de la lectura de Cráneo de azúcar si había entendido algo, hubiera dicho que no, nada. Días después sigo estando en las mismas. No tengo claro que haya entendido parte de lo que Charles Burns quería contar.
Sí, hay una historia que culmina y de la que se pueden sacar conclusiones, pero el camino que nos ha llevado a eso a lo largo de Tóxico y La colmena quería contar mucho más, y es ahí donde no lo tengo claro. 


La trilogía iniciada en Tóxico ve final en este Cráneo de azúcar, con un final que podemos entender, pero que tampoco aclara mucho de lo sucedido. Cerrar cajas abriendo otras, siempre dejando la puerta abierta. La puerta en la dividida cabeza del protagonista, que vemos plasmarse a lo largo de toda la historia en situaciones de lo más extrañas e insólitas, un tour de force entre la realidad y el subconsciente, entre la evasión y los hechos, sean o no conscientes. 

Tras la lectura de Cráneo de azúcar (por consiguiente, de la trilogía) puede que queden cosas sin mucho sentido, pero algo sí que queda claro, Burns nos explica algo que no sabemos (todavía), pero que está ahí, latiendo en algún lugar. 

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