miércoles, 26 de octubre de 2016

ólafur arnalds, island songs (2016)

De cómo las canciones de Island Songs me han ido atrapando y enamorando está documentado aquí en el marino semana a semana. Un proyecto que consistía en dar a luz en siete semanas a siete canciones, cada una en un sitio diferente de Islandia, el lugar de nacimiento de Ólafur Arnalds. En cada uno de esos lugares, se hacía acompañar de amigos y colegas para cada una de esas canciones. Aquí ha sido igual de importante el fin que lo medios. Un proyecto ambicioso y apasionante, del que, sin duda, Arnalds ha salido reforzado y entregando su mejor obra hasta el momento.
Para llevar a cabo un proyecto como este era necesario que cada una de esas siete partes de las que consta fueran lo suficientemente sólidas individualmente, pero también que finalmente, al juntarlas y verlas como obra tuvieran sentido. Todo esto, en Island Songs ocurre con toda la facilidad y naturalidad del mundo. Cada una de las canciones es un pilar maestro que sostiene una increíble construcción. Una obra donde el piano es el instrumento que unifica, pero en la que se añaden instrumentos de cuerda e incluso algún sintetizador.

Todo da comienzo con la voz rota del poeta Einar Georg en Árbakkinn, a la que siguen unas cuerdas que marcan el tono solemne de la canción. Le sigue la bella 1995 y la fantasmagórica Raddir (esta última capaz de traspasar tu alma). Ólafur Arnalds ha ideado un trayecto que va de la oscuridad a la luz. Como si empezáramos la escucha a altas horas de la madrugada y finalizara con el amanecer. Siendo Öldurót y Dalur los últimos momentos de oscuridad donde ya se perciben los rayos del sol.
La increíble Particles, con la acogedora voz de Nanna Bryndís y la esperanzadora Doria (maravilloso el juego de espejos creado con los pianos) son el broche final, con el sol ya en lo alto.

Island Songs es un disco que redefine la belleza, nada más y nada menos. Que te lleva a un estado de ánimo del que jamás querrás desprenderte. Javier Ruiz

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