lunes, 6 de marzo de 2017

girls: desde la última vez que hablamos

La última vez que hablamos, al final de la segunda temporada, lo hicimos con una Hannah/Lena redimida, salvada, como en un día a punto de empezar. Después de eso, la nada. La nada alrededor de temporada y media. Durante la tercera temporada no es que no pueda recordar ningún momento en especial, es que no pasa absolutamente nada durante sus diez capítulos. La deriva conceptual, el piloto automático en una idea, el hastío dramático.
Todo esto siguió hasta la mitad de la cuarta temporada, SPOILERS hasta que se plantea la ruptura, situación que actúa de revulsivo a la dinámica de la serie. Parece que cuánto peor lo pasa Hannah, mejor es lo que vemos en pantalla. Todo esto unido a la situación familiar que se le plantea, enriquece las tramas, y recupera esa extraña sensación de rara avis, de ser algo insólito que tenía la serie en sus primeras temporadas.
La quinta temporada, una de las mejores de la serie, no solamente sirve para normalizar personajes (atención al 5x06, donde se humaniza a Marnie, casi 50 capítulos después), también para volver al principio, para volver al redil de un circulo que no tiene fin. Una maravillosa metáfora de lo que representan ciertas amistades. Un circulo vicioso del que quieres salir, pero no eres capaz.























Una recta final de serie (solo quedan 10 capítulos, los 10 de la sexta temporada) en la que aparte de un preocupante Síndrome de Friends, en el que todos los personajes se acaban liando entre ellos (uno de los problemas de las ¿sitcoms? similares a esta), destaca la recuperación de un pulso casi perdido durante muchos capítulos, la recuperación de algo que se plasma en una escena tan absurda pero significativa como la que ilustra este post. Porque si por algo ha destacado Girls, entre otras cosas, ha sido por la exaltación y la reivindicación de lo incoherente y lo ilógico. El error como forma de vida. El error como forma de avanzar.  Javier Ruiz

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