martes, 28 de marzo de 2017

los planetas, zona temporalmente autónoma (2017)

Zona temporalmente autónoma no es el disco político de Los Planetas. Tampoco el mejor. Dos estrofas, una adaptación de un cántico popular y un título robado no hacen barricada. Ni una versión de Yung Beef oculta el bosque. Zona temporalmente autónoma tiene cosas buenas y cosas malas. Y quedarse solo con lo uno o lo otro podría terminar siendo un error. Pero al final dos respuestas fuera de lugar en unas entrevistas y tres anécdotas en el disco lo han sacado todo de contexto. Basta con atender la letra de la canción que da nombre al nuevo álbum del grupo y nos damos cuenta de que el anarquismo se convierte finalmente en una oda al amor sin condicionantes externos. Porque J solo sabe escribir de amor y cuando no es así la caga. Y el resto de las canciones no andan lejos de esta versión actualizada de José y yo. Las relaciones personales vistas desde un prisma más popular, el que tienen las letras del cante jondo desde los tiempos de Manuel Vallejo.

No es sencillo acercarse de nuevo a un álbum de Los Planetas. Mucho menos después de Una ópera egipcia y de, incluso, haberlos dado por muertos hace no demasiado tiempo. Pero Zona temporalmente autónoma ya está en la calle y es, me atrevería a decir, más de lo que un fan crítico podría esperar. No es perfecto, ni tan siquiera se acerca a serlo, pero hay tanto o más que destacar que defectos se le pueden encontrar. Entre lo primero, la ya convertida en clásico versión del Ready pa morir, el primer single, Espíritu olímpico, la ya mencionada Zona temporalmente autónoma, la delicada Hay una estrella, la prodigiosa adaptación melódica de la letra de Manuel Agujetas en Libertad para el solitario o la muy Unidad de desplazamiento Hierro y níquel. De lo segundo, la insulsa Porque me lo digas tú, tan La Buena Vida mal gestionado (en música y, sobre todo, letra), la excesivamente plana Gitana o ese clásico de su nueva era flamenca, que en más de una de la Ópera naufragó, Ijthad. Entre medias, Una cruz a cuestas, que podría ser un clásico para quien lleve bien la voz entre lo jondo y lo lírico de la menor de las Morente, o el cierre a lo Caja del diablo de Guitarra Roja, que pretende ser mucho más de lo que al final consigue.

Pero de todo lo mencionado, lo más destacable del álbum es que J ha sabido aquí cohesionar como hasta ahora no había logrado sus enseñanzas anglosajonas y sus raíces populares. Porque así Una cruz a cuestas puede ser pop afandangado, Soleá estar más cerca del slowcore (mmm, ¿se sigue usando esta etiqueta?) que de una verdadera soleá y Libertad para el solitario tener de Agujetas solo la esencia, sin necesidad de dejar que la métrica de los distintos estilos domine como en La leyenda del tiempo o de naufragar como en la Ópera.

Así, al final no estamos ante una banda en estado de gloria como en el intervalo del 94 al 2000, ni tan siquiera cerca de aquello, pero sí que han salvado cierto bache creativo y emocional y se han agarrado a aquello que mejor saben hacer para, si no llegar a lo sobresaliente, al menos salir del envite dejando unas sensaciones más que decentes. Las que, siendo sincero, yo ya no esperaba ahora mismo de ellos. Manolo Domínguez

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