viernes, 30 de junio de 2017

gente joven, glub glub glub (2017)

Glub, Glub, Glub entendida como onomatopeya del naufragio, como metáfora del suicidio emocional. Una sensación que va cimentándose a medida que escuchas las canciones del tercer álbum de Gente Joven y te vas sumergiendo en sus aguas turbulentas, hasta que te encuentras con Pamplinas y se abre una salida, un rescate que te lleva hasta la orilla a tiempo, no indemne pero sí a salvo. Porque los gestos desencajados de Fotogramas, esos boleros sin gracia de los que habla, los marinos que se entregan a las tormentas para descansar en camas de corales o los aniversarios pasados vestidos de la nostalgia de fechas mal señaladas que van apareciendo en sus letras marcan un disco que parece abiertamente rupturista, con el pasado, con sus referencias y con uno mismo, y no deja resquicios hasta que, casi al final, a Fernando le sale la gracia andaluza que en realidad no tiene pero disimula magníficamente para dar un vuelco al tono pesimista de unas letras que apuntan mucho más de lo que dicen. Y lo hace con un estribillo ("no me avergüenza besarte, no me avergüenza tocarte, lo que me da vergüenza es no haberlo hecho antes") tan inocente como emotivo. Auténtica declaración de quienes no saben declararse y que, por tanto, tiene aún mayor valor que si hubiese venido de otro.

A partir de ahí, de esa penúltima canción, uno debe retomar de nuevo el disco y escucharlo de nuevo desde el principio, pero ahora con la tranquilidad que da conocer el final del viaje. Y entonces surge, inmensa, la latinizada Memorias de mis patos tristes, con ese estribillo en el que uno duda sobre si levantarse a  bailarlo o llorarlo en la oscuridad de la habitación. O el retrato de esos novios desubicados de Fotogramas, que se retratan justo antes de toparnos con el clasicismo romanticista que se escapa en A flote. Todo tiene diferente color, o diferente lectura, y así casi nos encontramos de bruces con los espíritus de Vainica Doble en Actores de cine mudo o del Belmonte chinarrero que se le escapa a Fernando en El guardián y que antes pasaron más desapercibidos, abrumados por el desastre. Y también descubre uno que Gigantes y gigantillos es todo un hit indie, interpretado a dos voces, para no cantarse uno las verdades a sí mismo. Otro truco para no enfrentarse a los propios fantasmas.

Y con esta segunda lectura, la única en realidad, llegamos a La arruga es bella, la canción más continuista con el trabajo anterior, que sirve para que nos demos cuenta de cuánto ha avanzado este proyecto desde del principio, sin aspavientos ni salidas de tono; de forma tan coherente que solo fijándote de verdad notas el vértigo. El vértigo que todo gran disco debe producir al escucharlo. Manolo Domínguez

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