martes, 12 de septiembre de 2017

especial kiko veneno, pt 2: los discos con jo dworniak

Hasta el momento, todo lo que había intentado Kiko para vivir de la música le había salido rana en lo comercial. Mientras, había montado un bar en Conil en el que se dedicó a servir copas durante unos años, había participado puntualmente en el programa de televisión La bola de cristal y terminó trabajando de promotor cultural en la Diputación de Sevilla cuando ya empezaba a tener claro que el tiempo para convertirse en músico profesional se estaba agotando.

Y en esas se encuentra con Santiago Auserón, que le anima a agarrarse al máximo al último clavo y se vuelca en que la apuesta no vuelva a caer en saco roto. Para ello, una vez tenían la canciones, le presenta al británico Jo Dworniak y le lleva a Londres para grabar lo que sería Échate un cantecito, el disco que lo cambió todo en la carrera de Kiko.

Échate un cantecito, 1992. La justicia poética, por mucho que Sergio le cantase con La Costa Brava, no existe. Échate un cantecito no triunfó porque Kiko lo mereciese, porque entonces habría ocurrido 15 años antes cuando se publicó Veneno, sino porque la fórmula funcionó y los astros se alinearon. Y el primer paso para ello, imagino que completamente consciente, fue amansar a la fiera. Las canciones que Kiko compuso para ese disco ya no nacían asilvestradas como las de sus discos anteriores, sino que tenían ese punto de accesibilidad necesario para salir del underground. El segundo fue atinar en todo el resto. Las composiciones son tremendas, auténticos himnos de superhéroes de barrio, las letras pura poesía y la producción el sorprendente acierto de un británico que por entonces no sabía lo que era el flamenco pero ya se había codeado en parte con lo latino en La canción de Juan Perro. El último eslabón fue la gira conjunta con Santiago Auserón, que terminó por hacer el resto.

Pero, aunque los designios del mercado son inexcrutables, lo cierto es que Échate un cantecito es una obra maestra de la música pop. No le sobra ni un solo minuto y muestra el gran momento de inspiración de Kiko cuando se enfrentó a su último intento de salir del ostracismo. Lobo López es emocionante en el autorretrato de un perdedor con estilo, Joselito es un cuadro de Solana pintado con la luz de Sorolla, Superhéroes de barrio el mejor resumen en una sola canción de lo que es el disco y Echo de menos o En un mercedes blanco otros serios candidatos a formar parte de la historia de la música. Kiko con este disco había dejado de ser moderno y pasó a convertirse en un clásico. Su poesía nace de los lugares que frecuenta, retrata lo que comparte en los bares y en las esquinas de cada calle, y lo hace con la maestría de quien se ha formado en lo académico para comprender y retratar lo real, aquello que sobrevive al tiempo y la globalización.

Échate un cantecito, al final, cumplió su objetivo de permitir que Kiko pudiera dedicarse a lo que mejor sabía hacer y marcó el inicio de una segunda etapa en su carrera discográfica, en la que tuvo (ventas mediante) más apoyo de las discográficas y contó con el trabajo tras los cristales del estudio del productor Dworniak. Una etapa que ha ayudado drásticamente a que veinticinco años después, aún podamos seguir disfrutando de él.

Está muy bien eso del cariño, 1994. Y el siguiente paso fue, otra vez, un ejemplo de inspiración bien orientada. Quizás un escalón por debajo en sus letras, que no llegan al inalcanzable nivel del anterior, pero igual de atrayente en lo musical. Aquí no está Joselito pero es fácil engancharse a la trágica historia del Lince Ramón. Desaparece el Lobo López para encontrarnos sus raíces en la emocionantísima La Casa cuartel, que esboza de forma hermosa la relación del guardia civil Bienvenido López y su esposa, los padres de Kiko. Y, aunque en el resto de canciones no se explicitan esos personajes tan particulares de sus historias cantadas, no andan muy lejos las inspiradoras Échate un cantecito, Respeto o Viento de poniente. También acierta cuando, a su manera, enseña las cartas versionando a Dylan en un Atascado por el blues de Memphis que es casi más suya que del premio Nobel. Quizás, solo quizás, sea Hace calor la única en la que el listón se queda en lo intrascendente y simplón, pero que sirvió para que Kiko Veneno siguiera siendo uno de los artistas mimados del momento gracias a lo insistentemente que sonó ese verano.

Al final, era solo cuestión de tiempo, dinero y confianza, y tener ambos discos delante obligan a dar las gracias a Santiago Auserón por haberle convencido de que había que seguir luchando por hacer, no ya con lo que uno realmente disfruta sino, al menos en este caso, aquello en lo que se es un maestro.

Punta Paloma, 1997. Sin embargo, poco después todo volvió a torcerse en parte. Porque Punta Paloma esta muy muy lejos de sus predecesores. Es solo escuchar como arranca con Válgame Juana, compararla con el descaro del Muchachita de Veneno y comprender que algo se había perdido por el camino. Te como a besos mejora la cosa, pero parece una canción de Ketama sin Ray Heredia ni Sorderita. Rita no ayuda a engancharse al disco y el dueto con Santiago Segura es hasta peor. Y aunque Yo nací parece que intenta recuperar la frescura de antaño con un blues gitano, ahí metido en un disco tan dispar, queda bastante desvalido. Al menos Todos los santos ya es otra cosa, y Te llevo dentro es tan bonita que no desentonaría en ninguno de sus dos trabajos previos (y eso es mucho decir), pero en general la sensación es que la de que la cosa se ha quedado a medias.

También es cierto que en lo personal le tengo manía porque no lo acepté muy bien y me desenganché algo de la música de Kiko por su culpa. Así que, encima, le tengo algo de rencor, como a ese amigo al que le encanta malmeter en las relaciones. Es una especie de patito feo en una década gloriosa.


Después, en 1998, llegó un cd colaborativo en el que se repasa la discografía anterior con nuevas interpretaciones a dúo de algunas de sus mejores composiciones, en el que no todas salen igual de paradas, pero que no deja de ser una agradable anécdota. Y en el 2000 se cerraba su etapa con BMG, más a las malas que a las buenas.

La familia pollo, 2000. Y a mí aquí me ocurre lo contrario que con Punta Paloma. Creo que sobrevaloro este disco. No lo escuché en su momento y, cuando lo recuperé, me enamoré de ese aparente patito feo que al final te aporta muchísimo más de lo que esperabas de él. Y soy consciente de que Kiko lo grabó asumiendo que ya había perdido buena parte del apoyo que la discográfica le había brindado hasta entonces. Incluso en una entrevista le escuché que sabía que al director de la compañía en ese momento no le gustaba ni él ni lo que hacía, y que tenía un poco la sensación de que estaba grabando La familia pollo para que se tirara a la basura.

Y para tirarlo a la basura no, pero para cerrar contrato con la multinacional sí que sirvió. Y, a mi parecer, lo hizo con bastantes mejores resultados que los que ofreció Punta Paloma. Me encanta la recreación de Manué y su infinita ternura, la apropiación de las peripecias de Ruiz de Lopera en Fijarse, el africanismo de La negrilla y la maravillosa melodía de la que debe contarse como otro clásico de su discografía, Coge la guitarra. Hasta me hace gracia escucharle cantar en inglés en H.R.S. Y si hay defectos en el disco, a mí no me da la gana verlos. Esperanza II, la interpretación del tema que le regaló en su día a Cathy Claret, me vuelve a recordar a Ketama, pero aquí sonando como a los mejores Ketama. Y el ritmito simplón de La experiencia (que me recuerda en algo a Hace calor) lo acepto por esos coros africanos que le dan un puntito diferente a la canción más aburrida del disco.


Tras esto llegó la ruptura con el sello y la decisión de Kiko de apostar por la autoedición, una aventura que tendría algunos frutos y abriría la siguiente puerta en su carrera.

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