lunes, 11 de septiembre de 2017

especial kiko veneno, pt 1: veneno y los años pre-cantecito

Solo por Veneno y Échate un cantecito Kiko Veneno debería ser considerado como uno de los artistas más grandes de la historia del pop español. Pero a menudo se tiende a olvidar el resto de su discografía; sus años hippies, la influencia africana, su arrebato indie, su dignísima madurez... Kiko jamás ha dejado de hacer música interesante y, aunque con sus altos y sus bajos (estamos hablando de más de 40 años de trayectoria), quedarse solo con los titulares de las hemerotecas sería un acto de reducción excesiva.

Yo llevo tiempo deseando repasar toda su discografía en el marino, listar sus discos y escoger mis canciones preferidas, pero Javi nunca se animaba a acompañarme. Así que, al final, me lanzo en solitario con este ejercicio de justicia poética hacia uno de mis artistas preferidos desde que le conocí hace ya más de 30 años. Kiko Veneno, Sevilla, sus personajes y sus historias resumidas en este especial en 5 capítulos, 3 para sus discos y un cuarto con mis 25 canciones preferidas.  Allá vamos, maestro:

Veneno y los años pre-cantecito:

Veneno, 1997 ¿Dónde está la magia de este disco? ¿En la batería del Tacita, en las guitarras de los Amador, en la locura de Kiko, en la producción de Ricardo Pachón o en la unión de todo eso? No lo sé, y en el fondo no me importa. Solo sé que en las tres mil viviendas a mediados de los setenta se estaba fraguando algo muy importante para la música. Algo revolucionario, novedoso y trascendente.

Ricardo Pachón definía perfectamente en el documental Dame Veneno la relación entre Kiko y los Amador como la unión entre un anarco teórico con dos anarcos reales. El acercamiento de la universidad a la calle. Kiko, que venía de patearse los Estados Unidos en busca de eso que se estaba cociendo desde el movimiento hippie, se encuentra con dos gitanos autodidactas con un talento descomunal y una cultura arraigada en el pasado y presente flamenco de su familia y entorno, los ensucia de rock y blues y se encuentra con el germen de algo tan innovador como transgresor.

Podría decir que el resultado de ello fue el disco Veneno, pero eso, con todo lo grandioso que ya de por sí es, sería quedarme corto, porque de allí surgió mucho más. De aquel vendaval de inspiración y locura, y gracias a la figura de Pachón que se encargó de focalizar todo el talento que allí había, surgió una forma de acercarse al flamenco que derivó en las discografías de Pata Negra y Kiko, en el histórico La leyenda del tiempo de Camarón y en todo ese flamenco fusión que anda cargado de luces y sombras.

Sin embargo, no es Veneno un disco que yo recibiera con los brazos abiertos desde la primera escucha. Mi primer contacto con el grupo fue el single Si tu, si yo, que grabaron junto a Martirio y que, gracias a su repercusión en las radiofórmulas, llegó a mí siendo solo un adolescente. Después vendrían canciones sueltas, las apariciones de Kiko en La bola de cristal, el Mechero blanco de El pueblo guapeao, y así hasta encontrarme con Échate un cantecito, el disco que me hizo comprender cómo de importante era este hombre y que me obligó a investigar a fondo en su pasado. Y no, Veneno no fue lo que imaginaba. Demasiado flamenco, demasiado gitano, demasiado libre, y tuve que ir digiriéndolo poco a poco. Pero al final uno va aprendiendo (y madurando) y en cada escucha va descubriendo matices hasta entregarse absolutamente a ese delirio, genial e irrepetible. El record mundial imbatible marcado en la primera carrera; algo que ocurre en más de una ocasión en la música y que obliga a sus autores a entender su carrera como la resaca de una explosión más que como un trabajo de largo recorrido.

Seré mecánico por ti, 1981 Veneno duró lo que sus miembros aguantaron comiéndose los mocos y murió, según dice el documental de Pedro Barbadillo, tras una serie de cinco conciertos en el Teatro Villaroel, de una de cuyas sesiones la prensa reflejó que el grupo decidió viajar a Barcelona para suicidarse. Después sus componentes volvieron a hacer historia con otro gran fracaso comercial, el inmenso La leyenda del tiempo, donde Ricardo Pachón se empeñó en certificar la consolidación del flamenco fusión de la forma más incuestionable posible, con la figura del más grande al frente y, tras ello, los caminos se bifurcaron, los Amador convirtiéndose en Pata Negra y Kiko adueñándose del nombre para transformarse en Kiko Veneno.

Y en 1981 llega el debut en solitario del catalán fino con un disco, grabado en Madrid, que tiene algo de lo anterior (especialmente esa libertad compositiva de Kiko) y mucho del Madrid de la movida. La producción es muy funky (exceptuando en Más al sur, con la guitarra de Raimundo que huele a veneno) y el envoltorio (portada de Ceesepe y contraportada con foto de García Alix) muy deudor del Madrid de esos ochenta de Malasaña. Y el resultado se queda a medias. No es tan rompedor (no era posible, en realidad, serlo) ni tiene una colección de canciones tan cohesionadas. Sin embargo hay donde rascar: La catástrofe mayor, Más al sur, la historia de Seré mecánico por ti, retratada en el comic de Ceesepe que sirve de portada, o las también aparecidas en el Guitarras Callejeras de Pata Negra, Ratitas divinas y, especialmente, Pata palo. Pero comparado con lo que teníamos de antes y lo que vino diez años después se queda corto, bastante corto.

Pequeño salvaje, 1987 Tras un pequeño nuevo escarceo con Raimundo, con el que firmaron como Veneno el single Si tú, si yo, que no deja de ser una canción muy divertida, por mucho que se parezca poco a lo que fue el grupo en los setenta, Kiko lo vuelve a intentar en solitario con Pequeño salvaje.  Y él no es muy de repetirse, o eso dice en la entrevista posterior a este concierto emitido en el programa musical golfa, pero aquí la heterogeneidad se convierte en dispersión. Este puede ser el disco más flojo de toda su discografía. A mí me convence el tema que da nombre al disco y poco más. Igual siempre lo he recibido doblado, pero me parece más que intrascendente. La balada Tú quieres la verdad se hace larga, Yo lucho tiene alguna estrofa que se me ha clavado en el cerebro (lo de yo lucho, yo lucho y después siempre me ducho) pero es, eso, dispersa, Cuando te beso es un rockabilly innecesario, y así todo el disco. Otra piedra más a la constancia de un Kiko que empieza a estar por los suelos.

Sin embargo, una de mis anécdotas preferidas con respecto al artista tiene mucho que ver con este disco, ya que en un viaje a Barcelona para asistir a un Primavera Sound me encontré una copia a muy buen precio en una de las tiendas de la calle Tallers. Y a la vuelta del festival, con mi bolsa llena de los vinilos que compré esos días, me encontré con el propio Kiko en la puerta de embarque, que volvía de actuar en el festival por el homenaje a La leyenda del tiempo, en la que interpretó Volando voy. No soy especialmente mitómano, pero no pude evitar jugar a verle la cara cuando le saqué mi copia recién adquirida para que me la firmase. Así que, 35 años después de su publicación, en casa anda mi Pequeño Salvaje dedicado por el más grande.

El pueblo guapeao, 1989 Al final Seré mecánico por ti y Pequeño salvaje no ayudaron a sacar a Kiko del ostracismo, sino más bien todo lo contrario, y Rafael y Raimundo por su parte no acabaron nada bien, lo que propició, tras la marcha del segundo de Pata Negra, un nuevo acercamiento de Raimundo y Kiko en un intento a la desesperada de salvar las carreras discográficas de ambos. Con veneno pero sin Ricardo ni Rafael, todo sea dicho.

Lo que ocurre es que la cosa no pudo salir peor. El disco, aparte de no estar a la altura en cuanto a sus canciones, se quedó sin producir ni mezclar (suponemos que el sello no confió mucho en sus posibilidades comerciales) y directamente suena a rayos. Si hay algo rescatable es solo bajo los benévolos oídos de quienes nos quedamos con lo que pudo ser por encima de lo que fue. Y así la versión de Palabras para Julia, la graciosa historia del Mechero blanco o El pueblo guapeao (que se acerca mucho a lo que sería después el estilo del Cantecito, pero se destroza con un final de canción un poco absurdo) tienen algo de la inspiración de ambos. A la Habana yo me fui tiene gracia y poco más, y El mejicano un estribillo resultón, pero no son suficientes para que las canciones hagan que nos olvidemos de un sonido calamitoso.

Y si el resultado no logró que Kiko abandonara definitivamente fue, según cuenta el mismo, por poco. Él sentía que las discográficas no le respaldaban y así había poco que hacer. Pero entonces se cruzó Santiago Auserón por el camino y todo cambió.

No hay comentarios:

Publicar un comentario